ANTOLOGÍA
YO RECORDARÉ POR USTEDES
JUAN FORN
(EMECÉ - BUENOS AIRES)
Pensemos en un universo de elementos que orbitan alrededor de un cuerpo primario. Los aúna el caos, pero también algunas similitudes, inequívocas convenciones. Los elementos, en este caso, serían los textos; el cuerpo primario –qué otro– la escritura. Las convenciones, el propio estilo.
Un poco eso y mucho más –un nuevo género híbrido donde confluyen muchos géneros, la beatitud de sus lectores cada semana, la ruptura, o mejor, la amalgama entre las formas de la narrativa periodística y la narrativa literaria, por citar tres al azar– fueron las contratapas que Juan Forn publicó durante años en Página/12.
Pero como aquellos elementos orbitaban tan desordenadamente, el autor decidió seleccionarlos y unificarlos en un mismo corpus, trabajándolos a través de referencias internas, bajo aquella máxima de que el conjunto es más que la suma de las partes. Así fue como Forn construyó esa maravilla que es Yo recordaré por ustedes, y la entregó a la editorial apenas días antes de morir, en junio pasado, como si el título guardase para sí el secreto que algún día, tristes, habríamos de descubrir.
Yo recordaré por ustedes es una vuelta al mundo en noventa y dos contratapas, íntimas y a la vez universales, que van de África a Asia, y de ahí a Europa, y de ahí a Norteamérica, y luego a Latinoamérica, y concluyen, dónde sino, a orillas del mar argentino, y a la que concurre la más excelsa calaña de personajes, dueños de las más geniales ocurrencias o las más tristes de las andanzas. Pero es, también, una brújula, una guía de lectura (prueben de no usar Google mientras leen el libro y comprobarán la angustia de saber que les falta algo), un itinerario, otro más entre tantos mapas culturales del Siglo XX.
“Cuando en algún diario de la capital no recordaban dónde había aparecido algún artículo, llamaban a un joven de veinte años que vivía en un pueblo de 22 familias y 98 habitantes, y él les daba la respuesta”, dice la crónica que da título al libro. Y uno sabe que Forn ya no tenía veinte años sino sesenta, y que desde la Capital no era difícil llamarlo, pero ahí estaba, en el pueblito, buscando y encontrando y recordándonos ciertas respuestas. Como un robado a la muerte, tal como tituló su crónica sobre Isaac Singer. Igual: tal como exhalan los grandes trovadores su último murmullo antes de partir al país definitivo de las ficciones.
H. C.
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